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O sea, tienen sus inconvenientes, como todo, pero en general te llevan sin escalas a lugares tal vez no siempre buenos, pero sin duda menos malos
00:10 sábado 3 octubre, 2026
Colaboradores
Los prejuicios son herramientas muy útiles, generalmente baratas, fáciles de usar y muy injustamente infravaloradas: hay un prejuicio contra el prejuicio, disculparán la ramplonada. Quítenselo. Como la vida es corta, y el final se acelera cuando cumples los 45 años, tal vez –permítanme una dosis de optimismo– los 50, hay que abrazarlos como lo que no sé quién dijo que son: atajos.
O sea, tienen sus inconvenientes, como todo, pero en general te llevan sin escalas a lugares tal vez no siempre buenos, pero sin duda menos malos. Vaya, que te ahorran disgustos y malas experiencias que en el fondo sabías que ibas a tener y que sin embargo sufriste por ceder a las tentaciones de una apertura de miras que, estadísticamente para empezar, es una apuesta mala. Nueve de cada 10 veces, el prejuicio funciona. Abrácenlo.
Funciona en la política, desde luego. Si las clases medias se hubieran aferrado al principio de que nunca debes votar por una persona que habla del “pueblo” y da botonazos con la guayabera manchada de pipián, nos hubiéramos ahorrado, en el mejor de los casos –serán más–, dos sexenios de mañaneras con insultos, los 800 mil muertos del Covid, el tiradero de lana en elefantes blancos, la entrega de medio país al crimen organizado, el desabasto de medicinas con su farmaciota, el oso internacional de nuestros muchos políticos perseguidos por pertenecer a la maña y un par de incendios al mes en Pemex. Bueno, pues no. En vez de oír esa voz interior cimentada por la experiencia, demasiados compatriotas se convencieron de que, por arte de magia, el autoritario de ayer sería el socialdemócrata de hoy, y a votar.
Evidentemente, el prejuicio sirve para muchas otras cosas. Para ahorrarte el dinero de la entrada que implica ver una película escrita por Sabina Berman, por ejemplo. Sabina es una garantía: léanla una vez –o sea, una columnita– y evítenla para siempre. Apóyense en su trayectoria de años. Sirve también para evitar un pago equivalente al del mejor single malt a cambio de algo llamado “mezcal producido con la comunidad”, que casi siempre es una cosa que produce dolores de cabeza monstruosos y nulos beneficios para las comunidades –de todas maneras, una cosa que, propiamente, no existe–.
Igualmente, hay que evitar la soya, salvo en dosis homeopáticas con el sushi. Del deporte mejor no hablamos. A pesar del juego digno de nuestra selección en el último Mundial, mejor entender que no hay que soñar cosas chingonas, para citar a un clásico, porque el partido bueno lo vamos a perder y llegará la frustración. Igualmente, puedes ahorrarte una decepción amorosa si evitas a cualquier persona con un pin de Palestina, y un derrame cerebral si evitas el bikram.
Termino como empecé, en la política. Lo que intento decirles es que, por Dios, no voten por Morena en 2027.
POR JULIO PATÁN
COLABORADOR
@JULIOPATAN09