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El último reporte del Inegi en 2022, reporta que un mexicano lee en promedio 3.6 libros al año
00:10 viernes 1 mayo, 2026
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Yo quería ser un lector princeps, como contaba Juanito en casa del tío Tito en 'El libro salvaje'. Cada cierto tiempo aparecen cifras que intentan medir nuestra relación con los libros. Cuántos leemos, cuánto compramos, cuántas librerías hay y cuántas bibliotecas sobreviven abiertas. Los números sirven, claro está, pero siempre, como todo, vale la pena matizarlos y analizarlos. El último reporte del Inegi en 2022, reporta que un mexicano lee en promedio 3.6 libros al año; una cifra desalentadora, más cuando el siguiente dato asegura que el 41 por ciento lo hace por gusto, mientras que más de la mitad lee por obligación -temas académicos o de trabajo-. Otro dato relevante, enfocado en San Luis Potosí -y que salió de un estupendo trabajo periodístico por un colega -Jonathan García-, es que en el estado existen apenas 22 librerías. Frente al tamaño de la población -y redondeando la cifra bondadosamente-, significa que hay una librería por cada 125 mil habitantes. Y la realidad es clara: los libros no ocupan todavía un sitio central en la vida cotidiana o en el racimo de intereses, al menos no de los potosinos. Es duro decirlo, sí; más cuando hace apenas una semana se celebra a el Día mundial del Libro y en redes sociales y en librerías y bibliotecas locales me tocó ver los esfuerzos de los lectores y promotores culturales por hacer que la gente se acerque más a la lectura. Sin embargo, escuchando en una entrevista de casa al escritor mexicano Bef, también me parece rescatar una reflexión más que valiosa, y es que en las cifras que leemos sobre el promedio de lectura, no se suelen contemplar circuitos o canales en donde este hábito se gasta con gran ánimo. Se refería él a los préstamos personales de libros o bazares; yo me atrevo a añadir los grupos de redes sociales en donde se aprovecha la digitalización y las personas descargan material para lectura. Los que heredan libros de la familia, incluso. Todos esos lectores rara vez aparecen en las estadísticas. Aunque también es cierto que eso no elimina la falta de hábito lector por parte de los mexicanos. Además, ocurre un fenómeno muy curioso, y es que el que no lee vaya que le cuesta conectar con los libros, mientras que los que leemos por gusto usualmente leemos mucho. Lo he visto por años en mis círculos de lectura. Que, ya que aparecieron en este texto, puedo compartir algo que en lo personal me ha asombrado: cuando me tocan los grupos con adultos, muchos de ellos -ponga usted, amable lector, el número a la imaginación, quizá la mitad- llegan con la idea de formar el hábito y eso está bastante bien. Pero en el caso de los talleres infantiles, no recuerdo un niño que llegue en esa situación; siempre son lectores ya bastante avezados y diestros para comentar las historias que han explorado en los libros. Y piden novelas exigentes, largas y con muchos personajes. Uno descubre pronto que detrás de esos niños casi siempre hay una casa donde alguien le. A veces mamá, a veces papá, a veces ambos. Y queda claro que el hábito no nace de un discurso o una palabras de un columnista de viernes; muchas veces nace de una imagen. Por eso hay que mostrar el camino y revisar cómo hablamos de la lectura. Con frecuencia la presentamos como una obligación escolar, una prueba o una especie de pedestal cultural reservado para todos menos para principiantes. Después nos sorprende que muchos huyen de nuestros talleres o círculos, pero es que olvidamos que leer tendría que volver a ser placer, curiosidad, conversación, descubrimiento. No ayuda tampoco pensar que lo digital vino a destruirlo todo. Soy de los que piensa que el libro físico permite una experiencia inigualable; poniéndome cursi, desde el olor de la hoja, hasta la pestañita que formamos para marcar nuestro avance, pero he conocido padres que usan una tableta para que sus hijos jueguen y lean, dejando claro que la tecnología puede tener los usos más divertidos y provechosos que a veces pasamos por alto. He visto jóvenes que solo pueden acercarse a ciertos autores por ediciones electrónicas más baratas que el libro impreso y la verdad, con la literatura tan urgente de ojos que la quieran leer, qué más da el camino o el medio; que lean. Es decir, podemos pensar en lo digital como un facilitador más que como un intruso al que hay que correr de ese pedestal. Con eso cierto esta reflexión. Desde luego hacen falta más librerías y una cultura de bibliotecas con una lista de retos descomunal; también debería haber más respaldo y atención a proyectos independientes que llevan años picando piedra. Aquí mismo, en San Luis Potosí, tenemos a Crisálida Ediciones, a Vocho Amarillo; conceptos bien dirigidos, por personas bien formadas en el arte literario con el firme deseo de que los lean. Y si tú no has encontrado el libro adecuado, como diría Juan Villoro en ‘El libro salvajes, siempre hay un libro esperando elegirnos como lectores.