Vínculo copiado
#ESNOTICIA
#ESNOTICIA
Reflexiòn para el optimismo
00:10 domingo 3 mayo, 2026
Colaboradores
Como sabrás –de modo que no hay para qué decírtelo-, existe en este
mundo un montón de gente quejumbrosa. He aquí más o menos cómo proceden
estos señores cuando, al saludarlos, te diriges a ellos al pasar: si, por ejemplo, les
preguntas cómo están, te responden al instante con grave acento y haciendo
carantoñas:
-¿Que cómo estoy? ¿Es que no lo adivina por mi cara? ¡Es claro que no
estoy bien! A decir verdad, estoy mal, muy mal. Y, por lo demás, ¿a quién puede
irle bien en este mundo maldito más que a los políticos y gente de igual calaña?
Fíjese usted: ayer perdí mi cartera, y hoy por la mañana casi me arrolla un tren.
Para que se dé usted cuenta del tamaño de mi mala suerte, repare en esto: hoy ya
casi no hay trenes (éste del que le hablo brotó de la nada como un meteorito en la
noche), y en mi cartera, que por el susto salió volando, iban decenas de tarjetas
sumamente importantes para mí. ¡Lo he perdido todo, señor, y si me prestara
usted una pistola en este mismo instante me quitaría la vida!
Así responden estos individuos casi siempre, de manera que con ellos lo
mejor sería no preguntarles nada y saludarlos desde la distancia, como se saluda al
sol, no vaya a suceder que nuestra cercanía les dé ocasión de explayarse y
contribuyamos así, sin quererlo, a hacerlos aún más desdichados.
¿Qué sentirá Dios cuando oye a sus hijos expresarse de este modo?
«Hijito de mi alma –dirá tal vez el Señor-, si ves, si caminas, si hay alguien que te
quiere, si tú mismo quieres a alguien, si hablas y te hablan, si tocas y te tocan,
¿cómo puedes estar tan mal?». Me imagino que todo esto dirá Dios cuando
escucha desde lo alto nuestra eterna queja.
Y, para que te espantes aún más, lector, medita en esto que Rabí Nachman
de Breslau (1772-1810) solía enseñar a sus discípulos:
«Cuando te pregunten cómo van tus cosas, no respondas con gemidos,
farfullando respecto a tus problemas. Si respondes: “Mal”, Dios dice entonces:
“¿A esto llamas mal? ¡Ahora te mostraré lo que es realmente malo!”».
¿Te quejas porque ayer perdiste tu cartera? Bien, déjame decirte que
entonces no te ha ido tan mal después de todo, porque hay quien ayer perdió la
vista, quien perdió la vida en un accidente de tráfico, quien perdió al único hijo
que tenía. ¡Nunca digas que te va mal, porque puede que Dios se moleste contigo
y, como a Job, te haga saber lo que significa que a un hombre le vaya de veras
mal!
«Pero, si esto es así –preguntarás-, ¿entonces no tiene uno derecho al
quejido?». ¡Claro que lo tienes! Job se quejó y, por cierto, amargamente, pero sus
quejas eran objetivas, con lo cual quiero decir que tenía sobradas razones para
ello: había perdido ganado, casas, hijos y hasta la salud. Bueno, con decirte que lo único que le dejó el diablo fue a su esposa, una mujer grosera y malhumorada que
no paraba de decirle: «¡Maldice a Dios y muérete de una vez!». Suprema ironía de
la vida, como ya te podrás imaginar. Pero tú, ¿gritas como él sólo por una
cartera? Recuerda esto: no tentarás al Señor tu Dios…
«Supongamos –escribe Meister Eckhart (1260-1328) en El libro del consuelo
divino- que un hombre tiene cien monedas y pierde cuarenta: si sólo piensa en las
cuarenta monedas que ha perdido, se sentirá desolado y afligido. ¿Cómo podrá
consolarse jamás ni librarse de la pena aquel que sólo tiene en cuenta lo que ha
perdido y se recrea en su dolor? Si piensa continuamente en su pérdida, si
considera sólo su pena, si no habla más que del daño que ha sufrido y lo tiene
siempre presente en su espíritu, evidentemente aumentará el perjuicio que ha
sufrido, incrementando su sufrimiento. En cambio, si el hombre de nuestro
ejemplo se volviera hacia los sesenta marcos que todavía le quedan y, olvidándose
de los cuarenta que perdió, contara solamente con ellos, se consolará
indudablemente».
Te robaron tu cartera, pero no te robaron tu auto, ni el saludo de tus
vecinos, ni el cariño de tus amigos, ni tu fama, ni tu honra. Por poco te atropella
un tren, es verdad, pero la verdad es que no te atropelló. En lo dicho, no te fue
tan mal después de todo, de manera que no te quejes.
¿Y si a Dios le gustaran los rostros alegres, las sonrisas y las palabras
gozosas?
-¿Cómo te va?
-Bien, gracias.
-Este bien, ya lo sabemos, no es nunca absoluto, ni puede serlo, tampoco,
pues aun cuando todo nos haya ido salido como esperábamos y nos sintamos
perfectamente, el tiempo sigue pasando y hoy nos encontramos más cerca de la
tumba de lo que estuvimos nunca. Además, puede que en ese instante nos esté
doliendo la muela o que tengamos que ir a pagar la tenencia de ese auto que justo
ayer nos dejó a medio camino. ¡Ya sólo por eso, este bien que hemos pronunciado
no puede ser más que relativo! Aún así, Dios lo prefiere a los gruñidos.
La lección de Rabí Nachman de Breslau prosigue así: «Si te preguntan
cómo te van las cosas, y, pese a los problemas y sufrimientos, tú respondes:
“Bien”, Dios dice entonces: “¿A esto llamas bien? ¡Ahora te mostraré lo que es
realmente estar bien!”».
Sí, perdiste la cartera, por poco te atropella un tren, mañana quién sabe
qué te pasará; sea como sea y pase lo que pase, amigo, no se te ocurra decir que
te va mal, porque seguramente habrá males todavía más terribles que los tuyos.
Di que te va bien, para que así Dios diga al verte desde el cielo:
«¡Hombre, pero con qué poco se conforma este hijo mío! ¡Ahora le haré ver lo
bien que le puede ir a una persona!». ¿Lo ves? ¿Ves cómo hay razones válidas y perfectamente teológicas para el
optimismo? ¡A alegrarse, pues! ¡A componer esa cara, no vaya a suceder que Dios
empiece a decir a decirse a sí mismo, en las alturas, las cosas que ya sabemos!