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Digger tiene excesos y puede irritar, pero también nos hace pensar en nuestra responsabilidad, en la hipocresía intelectual
00:10 jueves 8 octubre, 2026
Colaboradores
Me refiero, de hecho, a Top Gun: Maverick –la secuela de 2022– que tenía intención de ver en el cine pero terminé por sintonizar en el sistema de televisión de paga de un hospital en que oficiaba ya no recuerdo si de paciente (¿mi cirugía de vesícula?) o de cuidador (¿la fractura de peroné de Eunice?). Recuerdo, eso si, a un Tom Cruise sin camisa, jugando fútbol (¿o era voléibol?) en la playa, en el esplendor munificente de sus 60 años, tan humillante a mis entonces 47. Recuerdo alguna escena lujuriosa con Jenniffer Connelly, chistes sobre su estatuto de old-timer, acrobacias aéreas. Recuerdo un perro… pero a la fecha me pregunto si figura en el elenco o si me lo inventé porque me pareció que vendría muy a cuento ahí un labrador dorado jugando en la playa. Recuerdo, sobre todo, haberla disfrutado muchísimo.
¿Qué me parece su nominación al Oscar a Mejor Película? Merecidísima. ¿Volvería a verla entonces? Difícilmente, a no ser en un avión o en un… hospital. Porque nada tiene que decirme como nada tuvo que decir a nadie nunca. Top Gun: Maverick es una película muy bien hecha y muy entretenida. Pero también una incapaz de ofrendar a cualquier espectador algo más allá de dos horas de mero, puro entrenimiento. El mundo necesita películas así.
Pero más todavía necesita películas de las otras. Como M y Rashomon, como Sin aliento y Pulp Fiction, tenidas todas desde su aparición por obras maestras. También como Freaks y El ciudadano Kane, como Vertigo y Naranja mecánica, como Dogville y, sí, como Emilia Pérez, polarizantes y divisivas desde su estreno, resistentes a la ambigüedad crítica y la tibieza de la taquilla, capaces de suscitar pasiones a favor y (sobre todo) en contra, pensadas para sacudir las ideas y detonar conversaciones que marcan su tiempo y hacen historia.
Digger es de ésas.
Sí, es desmesurada en forma como en extensión, reiterativa como sólo sabe serlo Alejandro González Iñárritu –lo mismo en esa Babel que a mi juicio es su peor película que en The Revenant, que estimo una obra mayor–, empalagosa en sus constantes guiños a autores que van de Wilder a Welles y de Kubrick a Cassavetes, y ligeramente irritante en su abuso de grandes angulares, contrapicadas, puns visuales y diálogos epigramáticos. También es brutalmente inteligente al confrontarnos con nuestra propia corresponsabilidad en actos de los que siempre es más fácil echar la culpa a políticos y empresarios, despiadada con la hipócresia moral de nuestra elite intelectual, brillante en su capacidad de mostrar las posibilidades del arte para redimirnos pero también la comodina frivolidad de postular herramienta de creación de ciudadanía lo que a menudo es capricho megalómano.
Digger es la gran película sobre nuestro tiempo. Y se parece a nuestro tiempo.
Seguro estoy que la veré muchas veces más.
POR NICOLÁS ALVARADO
COLABORADOR
IG y Threads: @nicolasalvaradolector