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A la muerte, también para ellos se le combatía con amor. Una variante compleja de las maquinarias del universo que ellos denominarían “Amor Fati”
00:01 miércoles 4 noviembre, 2026
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Existe una florida melancolía en estos primeros días de noviembre. La muerte es un hecho indiscutible. Acontecimiento inevitable para nuestro etéreo círculo de vitalidad. Profusamente nuestras tradiciones han sabido encontrar la alquimia para destilar nuestra mortuoria ansiedad: el bálsamo de la festividad.
Hay una mística inexplicable en nuestras festividades mortuorias. Una supervivencia cultural trascendental y pedagógica: nos enseñan que sí es posible una verdadera resiliencia identitaria y contrahegemónica. Su permanencia y su vigencia hoy en día es la pizarra viva de las lecciones nacionales.
La festividad es una forma de amor. Amor colectivo. Cuánta razón tendría Arthur Schopenhauer al afirmar: “El amor es la compensación de la muerte, su correlativo esencial”. Amamos en la festividad y sublimamos la mortandad. En esta colorida sinfonía colectiva para exorcizar la inevitabilidad y honrar a los partidos, el llanto es para algunos el idioma de su afectividad y para otros la sonrisa, la cantaleta para recordar y añorar.
Sonreír y llorar como parte de la misma festividad es un recordatorio atemporal de qué es vivir. La risa es un antídoto. No una burla. No una cómica tarascada. La sonrisa en nuestras festividades es el equilibrio necesario de la tristeza póstuma.
Nuestras tradiciones han exorcizado la ontología occidental que reduce a la sonrisa o la risa como expresiones para lo ridículo, la jerarquización, la autocomplacencia y la superioridad. Las risas y sonrisas en nuestras festividades son la agridulce alegría de las reminiscencias, de la frugalidad existencia de nuestros seres queridos y recordatorio de nuestra finita existencia.
A la muerte no solo se afronta con llantos sino con alegría y sonrisa, y aquí hay una gran lección que debe trascender a estos días. La luminosidad de la muerte puede ser la corona inspiradora que engalanen nuestros grisáceos y difíciles momentos.
Los estoicos lo entendieron muy bien: Marco Aurelio, Séneca o Epícteto, la muerte era -y así debería ser siempre- el recordatorio de que nuestro tiempo es limitado. A la muerte, también para ellos se le combatía con amor. Una variante compleja de las maquinarias del universo que ellos denominarían “Amor Fati”.
Así que, en estos tiempos, en el día de muertos para muchos, encuentro la ofrenda más grande y extensa que nuestra nación ha legado al mundo: una festividad mortuoria que es un homenaje florido y recalcitrante a la vida y sus maravillas.
Dejando a un lado las crematísticas versiones de este día, existe una paz con nuestro destino fatal en las jornadas pasadas que deberíamos asumir como carta de guía para el resto de nuestros días: la muerte como el improrrogable destino para vivir asiduamente.
Como afirmó el poeta Jaime Sabines: “Alguien me habló todos los días de mi vida al oído, despacio, lentamente. Me dijo: ¡vive, vive, vive! Era la muerte”.
JUAN LUIS GONZÁLEZ ALCÁNTARA CARRANCÁ
Ministro en retiro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación