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En 2026 llegamos al Mundial más grande de la historia. Tres países anfitriones atravesando momentos complejos en lo social y lo político
00:10 viernes 3 julio, 2026
Colaboradores
Los malditos penales. Los cambios que no llegaron. El gol anulado, el penal en contra. La convocatoria rara, la alineación inexplicable, los técnicos vendehumo. Cuando tienes 50 años y amas el fútbol, llevas marcado el Mundial del 86 en el alma y aquel gol del Abuelo Cruz que nunca fue. Desde entonces, el suplicio de Alemania, Argentina y hasta Estados Unidos.
En 2026 llegamos al Mundial más grande de la historia. Tres países anfitriones atravesando momentos, cuando menos, complejos en lo social y lo político. Pero México, como siempre, en medio de esa ilusión colectiva que solo nos regalan las grandes fiestas, y ninguna como la del fútbol.
Sin eliminatoria de por medio por ser anfitriones, la apuesta del Vasco generaba dudas. Bueno para el micrófono, Javier parecía no encontrar el rumbo en los últimos meses. Sin duda ver a Rafa Márquez en su cuerpo técnico y escuchar los rumores de una organización inesperadamente buena generaban alguna luz al final del camino.
Y así, antes de la inauguración, México parecía no tener fin en obstáculos: protestas y bloqueos, obras a medio terminar, boletos caros, pocos partidos… Pero al final lo más importante estaba ahí: el fútbol. Y desde hace casi dos semanas, el reloj y el calendario cambiaron. De repente volvieron las quinielas, los pronósticos, la versión de director técnico que todos los mexicanos llevamos dentro, las reuniones, el álbum, los programas deportivos interminables y la obligada camiseta del Tri, esa que nos genera tantas emociones.
Luego llegó ese día: la inauguración. Para mi generación, un partido en el Azteca es un ritual, el Coloso de Santa Úrsula; gigante, vibrante, mágico. Ahí donde los dioses del fútbol han escrito tantas historias. Llegamos unos y otros y, como tantas veces ocurre en México, encontramos en ese espacio colectivo la oportunidad de reencontrarnos. No hubo disturbios, ni robos, nada. Solo la celebración por parte de quienes amamos este deporte. Llevamos casi dos semanas volcados en las plazas públicas; tomamos el Zócalo, Reforma y cuanto espacio se prestó. Nos encontramos, convivimos, nos llovió, tronó el cielo, hasta hizo frío… y ahí seguimos todos juntos.
Porque sí, un grupo inesperado decidió ponerse la camiseta, entender el momento, vencer fantasmas, olvidar complejos, reventar las odiosas excusas y demostrar que las generaciones que vienen detrás ya no viven con el eterno "ahí va el jamaicón". Jugamos como nunca… y, esta vez, no perdimos como siempre.
Pasamos, sin hacer ruido, del "sí se puede" al "¿y si sí?". Calladitos, los muchachos han ganado cuatro partidos sin recibir gol y, en el último, nos enseñaron que sí, también podemos jugar un fútbol bonito.
Nuestra camiseta verde es la más vendida del mundo y no hay Fan Fest ni partido en Estados Unidos donde los mexicanos, los de aquí y los de allá, no estemos presentes.
Días antes del Mundial, videos acompañados por la música de Juan Gabriel se apoderaron de las redes sociales. Y entonces, de repente, el idilio entre la Selección y la gente pasó de la indiferencia a la esperanza; de la tensa calma a esa euforia colectiva que solo el fútbol es capaz de provocar.
Y aquí estamos otra vez. Esperando ese salto que nunca ha llegado, pero que quizá ahora sí pueda llegar. Ese triunfo que lo reivindique todo; que haga que todo valga la pena; que nos haga olvidar los penales fallados, los cambios incomprensibles y la mala fortuna de siempre.
Cuántas veces nos hace falta creérnosla. Cuántas veces hemos necesitado pensar que este país, anfitrión, generoso, chistoso, único, que entona el Himno Nacional como nadie, que organiza fiestas mejor que todos y que convierte cualquier pretexto en celebración, puede aspirar a más.
Porque el fútbol siempre será lo más importante de lo menos importante.
No sé qué pasará el domingo. Lo que sí vi fue un equipo sin complejos, con hambre de ganar. Si juega así, no importa el rival. Las mejores batallas siempre son contra nosotros mismos.
Vienen nuevos tiempos para el fútbol mexicano. Se derrumban estructuras viejas, se cuestiona la multipropiedad, se vislumbra una mejor organización y una mayor confianza. Se sienten nuevos aires en las canchas. Se necesitan nuevos estadios, nuevos protagonistas y nuevas rivalidades.
Porque, eso sí, qué gran afición tiene este país. Nos merecíamos esto. Pero también podemos aspirar a mucho más. Lo que hemos visto estas últimas semanas en las calles es un claro reflejo de que, carajo, por supuesto que nos merecemos más.
Así fue. Y que así sea de aquí en adelante.
Por Javier García Bejos
@jgarciabejos