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El caso en Matehuala terminó “bien”, entre comillas
00:10 miércoles 25 marzo, 2026
Colaboradores
Durante dos días, siete electricistas potosinos desaparecieron en la carretera 57. No estaban huyendo, no estaban metidos en nada ilegal. Iban a trabajar. Ese dato, que debería ser irrelevante, hoy es el centro del problema porque en México, salir a ganarse la vida, ya no garantiza regresar a casa.
El caso en Matehuala terminó “bien”, entre comillas. Los trabajadores aparecieron con vida tras más de 48 horas privados de la libertad. Pero lo verdaderamente inquietante no es el desenlace, sino lo que revelaron: fueron levantados para ser reclutados por un grupo criminal. No por error, no por confusión; por su oficio. Y ese “pequeño” detalle cambia todo.
Y es que hasta hace poco, la narrativa oficial y social nos decía que la violencia alcanzaba a quienes “andaban en malos pasos” o vivían en contextos de alta marginación. Hoy no. Hoy el objetivo es el trabajador, el electricista, el minero, el chofer, el técnico. Gente que sabe hacer cosas. Gente útil. Y aquí es donde el silencio institucional se vuelve ensordecedor.
Durante las primeras horas críticas, las familias de los electricistas vivieron lo de siempre, incertidumbre, versiones a medias, burocracia. La Fiscalía tardó en reaccionar, como si aún no entendiera que las desapariciones en carretera ya no son excepcionales, sino parte de una lógica criminal que se repite.
¿Por qué siempre se actúa después y nunca antes? ¿Por qué las carreteras más peligrosas siguen siendo un secreto a voces y no una prioridad operativa? Lo que se está viendo en San Luis Potosí —y en otras regiones como Sinaloa— no es un repunte de violencia, es una reconfiguración. Menos balaceras, más desapariciones. Menos homicidios visibles, más control silencioso.
Los números lo confirman: bajan las denuncias de desaparición, pero no necesariamente porque haya menos casos, sino porque hay más miedo, más silencio y menos capacidad de las autoridades para encontrar a las personas. Al mismo tiempo, suben los delitos que implican control territorial como narcomenudeo, extorsión, vigilancia de rutas. Es decir, el crimen ya no solo pelea territorio, lo administra, con la mano de obra incluida.
Lo que les pasó a estos siete electricistas no es anecdótico. Es una señal de hacia dónde se mueve el crimen organizado, que es hacia la captura de talento. Ya no solo necesitan halcones o sicarios; necesitan quien instale luz, quien opere maquinaria, quien mantenga funcionando una estructura que cada vez se parece más a una empresa. Pero entonces...¿Quién está protegiendo a la clase trabajadora?
Porque si un grupo de trabajadores puede ser interceptado en una carretera federal, llevado a una casa de seguridad, retenido dos días y luego liberado sin que exista una explicación clara, entonces el mensaje es brutal: cualquiera puede ser el siguiente. Y no, no basta con desplegar 500 elementos después del hecho y celebrar la localización. Eso es contención, no estrategia. Es reacción, no prevención.
Mientras tanto, las piezas que no se dicen quedan flotando: ¿Por qué los liberaron? ¿Hubo negociación? ¿Se evitó el reclutamiento por presión operativa o simplemente no eran útiles? ¿Qué garantías tienen ahora de no volver a pasar por lo mismo? Nadie responde. Y ese vacío lo llena el miedo y la especulación
San Luis Potosí no está solo frente a un problema de seguridad; está frente a un cambio de reglas. Donde antes el riesgo era estar en el lugar equivocado, hoy el riesgo es saber hacer bien tu trabajo. Donde antes el crimen buscaba control por violencia, ahora lo hace por absorción.
La normalización de estos episodios es el verdadero peligro. Porque cuando desaparecer dos días y regresar con vida empieza a considerarse “un buen resultado”, algo se rompió de fondo.
La pregunta final no es si las autoridades están preparadas. La evidencia dice que no. La pregunta real es cuánto tiempo más vamos a aceptar que trabajar, simplemente trabajar, se convierta en una actividad de alto riesgo en este país. Cuando el crimen empieza a reclutar obreros, técnicos y trabajadores, ya no está infiltrando la sociedad, la está reemplazando.