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Esencialmente, Domínguez anotó que los negociadores latinoamericanos tenían comparativamente más poder que los estadounidenses
00:10 viernes 19 junio, 2026
Colaboradores
Hace ya más de 30 años, durante las negociaciones del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), Jorge Domínguez, profesor de Harvard que fuera uno de los principales latinoamericanistas de los Estados Unidos, me comentó que los negociadores de la región –y en ese momento los mexicanos– estaban normalmente en desventaja frente a sus contrapartes estadounidenses.
Esencialmente, Domínguez anotó que los negociadores latinoamericanos tenían comparativamente más poder que los estadounidenses, pero al mismo tiempo estaban debilitados por su necesidad, si no urgencia, de entregar resultados.
La explicación de la obvia contradicción era simple: los delegados latinoamericanos tenían la autoridad para comprometer a sus gobiernos, mientras los estadounidenses solían refugiarse en la necesidad de convencer al suyo, y en especial a su congreso, de las bendiciones del acuerdo propuesto y, mediante ese método, obtener más ventajas de sus contrapartes.
Era ahí donde estaba la clave de la negociación: aprovechar la necesidad del otro para lograr más y mejores ventajas.
El estilo de Trump es una variación de esa táctica, aunque en realidad parece buscar que sus contrapartes se sientan en desventaja desde el principio y se den cuenta de que deben esmerarse en lo que en este caso ofrezca para acceder al mayor mercado mundial.
Y a reserva de mejores opiniones, esa parece ser la situación en que hoy se encuentra México en su negociación con Estados Unidos a propósito de la revisión del acuerdo comercial México-Estados Unidos-Canadá (T-MEC), convertido ya, para todos los efectos prácticos, en un intercambio bilateral.
Al menos en lo formal, la decisión de renovar el acuerdo por 16 años más, hasta 2042; de iniciar un período de revisiones anuales por diez años o dejarlo expirar en 2036.
Trump señaló la semana pasada que no tiene intenciones de renovar el T-MEC, pero en parte se interpretó como una forma de presión para obligar a la práctica renegociación del convenio que él mismo calificó en su momento como el mejor acuerdo comercial jamás firmado.
Trump desea más ventajas, quizá demasiadas, para su país. En lo comercial, por ejemplo, un mayor porcentaje de materiales estadounidenses en los vehículos hechos en Norteamérica, así como ventajas para sus productos agrícolas, apertura de la industria energética y temas que en su opinión afectan sus inversiones en México, incluso incertidumbre legal, judicial y de propiedad intelectual.
Pero sobre todo, la situación de seguridad y la decisión estadounidense de considerar a los carteles del narcotráfico como grupos terroristas, con sus consecuentes denuncias y acusaciones contra funcionarios de otros países a los que vincula con esos grupos, específicamente mexicanos.
Ambos gobiernos, y en especial el mexicano, tienen muchas necesidades inmediatas de política doméstica, pero también imperativos geopolíticos de largo plazo, al parecer mejor definidos en Estados Unidos, en la actual relación.
POR JOSÉ CARREÑO FIGUERAS
COLABORADOR
@CARRENOJOSE1