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Casi un siglo le tomó a la Academia comprender que el cine –y toda expresión artística– es una poderosa arma política
00:10 jueves 19 marzo, 2026
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Durante la reciente entrega del Oscar, el anfitrión Conan O’Brien hizo un total de dos chistes sobre Donald Trump (“Estamos transmitiendo desde el Teatro La Tienes Chiquita. A ver si se anima a anteponerle su nombre a eso” / “Si se sienten incómodos, hay unos Oscares alternos presentados por Kid Rock en el Dave & Buster’s de la esquina”), al que habrá que sumar el del Jimmy Kimmel, presentador del premio a Mejor Documental (“¡Lo enojado que debe estar de que su esposa no haya obtenido una nominación!). Ninguno de los dos lo mencionó por su nombre. Con esas tres pequeñísimas excepciones, el sarcasmo político brilló por su ausencia en la fecha más importante del calendario de Hollywood en el año más lesivo en la historia moderna para la democracia estadounidense.
En cambio, a lo largo de 3 horas con 45 minutos de transmisión pasó lo siguiente:
El presentador Javier Bardem lució un prendedor que rezaba “No a la guerra” (en español), consigna que repitió en inglés en su alocución.
Ganó el premio a Mejor Largometraje Documental Mr. Nobody Against Putin, en la que Pavel Talankin, funcionario escolar en una pequeña población de los Urales, documenta el adoctrinamiento al que somete el gobierno ruso a los alumnos de escuelas públicas a la luz de la invasión a Ucrania. En su discurso de aceptación, el estadounidense David Borenstein, quien la codirigió con Talankin, advirtió sobre el riesgo de que un país se extravíe merced a “incontables pequeños actos de connivencia” con “un gobierno que asesina gente en las calles de nuestras principales ciudades”, clara referencia al desempeño de los agentes de ICE y a las ejecuciones de Renée Goode y Alex Pretti.
Al recibir su Oscar por Sinners, el actor Michael B. Jordan declaró que “la inclusión no es una moda; es una táctica de supervivencia”. Por su parte, el antier tres veces galardonado Paul Thomas Anderson –como director, guionista y coproductor de Una batalla tras otra– extendió una disculpa a las siguientes generaciones por “el desastre que hemos hecho de este mundo que les estamos heredando”.
Más importante, las tres cintas que acapararon los premios –13 de los 20 para largometrajes de ficción– constituyen refutaciones de fondo de los valores de Trump. Una batalla tras otra condena el machismo belicista y cuestiona la integridad de su discurso por vía de la comedia punzante; Sinners juega con las convenciones del cine de terror y el musical para hacer defensa de la diversidad social; y Frankenstein –dirigida y estelarizada por migrantes– no sólo pugna por la aceptación del distinto: reivindica la belleza de su alteridad.
El domingo pasado, un Oscar valeroso asumió una clara postura política en el lenguaje que le es propio: el del cine. A sus 98 años, cabe certificar –¡al fin!– su mayoría de edad.
POR NICOLÁS ALVARADO
COLABORADOR
IG y Threads: @nicolasalvaradolector