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Tal vez la verdadera tragedia de Líbano no sea solo la guerra, sino la normalización de su posibilidad
00:10 viernes 20 marzo, 2026
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Durante un siglo, la historia de Líbano ha sido la historia de una amenaza suspendida en el aire. Un país pequeño, diverso y culturalmente vibrante que, sin embargo, ha vivido bajo la sombra persistente de la guerra. Desde la disolución del Imperio otomano tras la Primera Guerra Mundial hasta los conflictos contemporáneos que involucran a milicias, potencias regionales y a Israel, Líbano parece condenado a habitar una geografía donde la paz es siempre provisional.
El nacimiento del Estado libanés bajo mandato francés después de la caída del Imperio otomano plantó algunas de las semillas de esa fragilidad. La compleja arquitectura política basada en cuotas religiosas —un delicado equilibrio entre cristianos maronitas, musulmanes suníes, chiíes y otras minorías— fue diseñada para preservar la convivencia, pero también terminó institucionalizando divisiones profundas. En tiempos de estabilidad, ese arreglo permitió una coexistencia imperfecta; en tiempos de crisis, se convirtió en una grieta por la que se filtraron las guerras de otros.
El país se transformó gradualmente en un tablero donde actores externos libraban conflictos indirectos. Las tensiones entre Israel y los movimientos palestinos, la influencia de Siria, la rivalidad entre Irán y las potencias árabes, y la propia guerra fría regional se superpusieron sobre una sociedad ya fracturada. El resultado fue la devastadora guerra civil libanesa entre 1975 y 1990, un conflicto que no solo destruyó ciudades y economías, sino que alteró para siempre la manera en que los libaneses experimentan el tiempo y la vida cotidiana.
En Líbano, la guerra dejó de ser un evento excepcional y pasó a ser una posibilidad constante. La generación que creció durante la guerra civil aprendió a identificar el silbido de los proyectiles antes que el de los pájaros. Para muchos, la memoria infantil incluye refugios improvisados en sótanos, apagones interminables y la normalización de las milicias en las calles.
Lo más inquietante es que esa sensación nunca desapareció del todo.
Incluso en los años de relativa calma, los libaneses viven con la intuición de que cualquier estabilidad puede quebrarse de un momento a otro. La guerra de 2006 entre Israel y la milicia chií de Hezbollah reavivó esa conciencia brutal: en cuestión de días, carreteras, puentes y barrios enteros quedaron reducidos a escombros. Para muchos jóvenes que habían crecido después de la guerra civil, fue el recordatorio de que la paz en Líbano nunca es definitiva.
La consecuencia más profunda de esta historia no se mide solo en destrucción material, sino en la forma en que la guerra se infiltra en la vida cotidiana. En Beirut, la capital, la vida nocturna puede florecer con intensidad casi desafiante —restaurantes llenos, música, terrazas abarrotadas— pero esa vitalidad convive con una conciencia permanente de fragilidad. Es una alegría urgente, casi defensiva: vivir hoy porque mañana podría no ser igual.
El trauma colectivo también ha moldeado la psicología social del país. La emigración se convirtió en una estrategia de supervivencia nacional. Millones de libaneses viven fuera del país, formando una diáspora que sostiene a la economía a través de remesas y que, paradójicamente, refleja la incapacidad del Estado para ofrecer estabilidad a sus propios ciudadanos.
El problema es que Líbano no solo carga con sus propias fracturas internas. Está situado en una de las regiones más volátiles del planeta. La rivalidad entre Irán y Arabia Saudita, la persistente tensión con Israel y la inestabilidad de Siria convierten al país en una especie de barómetro geopolítico: cuando la región se agita, Líbano tiembla.
Y sin embargo, la historia libanesa también es la historia de una resistencia cultural extraordinaria. Beirut ha sido destruida y reconstruida múltiples veces. Su vida intelectual, artística y comercial ha sobrevivido a invasiones, guerras civiles y crisis económicas. Esa resiliencia no debe romantizarse: es admirable, pero también revela una tragedia persistente. Ninguna sociedad debería tener que demostrar su capacidad de sobrevivir tantas veces.
Tal vez la verdadera tragedia de Líbano no sea solo la guerra, sino la normalización de su posibilidad. Un siglo viviendo al borde del conflicto ha convertido la incertidumbre en rutina. Para millones de libaneses, el futuro siempre parece provisional, como si la historia estuviera esperando, paciente, la próxima detonación.
POR JAVIER GARCÍA BEJOS
COLABORADOR
@JGARCIABEJOS