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Demasiadas noticias, sobresaturación de información y contenidos, la mente no encuentra reposo
00:10 miércoles 18 marzo, 2026
Colaboradores
La crisis en Medio Oriente se agrava todos los días: la ofensiva militar contra Irán no ha resultado tan eficaz -si es que se pudiera usar esa palabra- como Washington y Tel Aviv creían, y la resistencia iraní está generando costos incuantificables en lo militar pero sobre todo en lo económico. Mientras tanto, la incursión de Israel en Líbano avanza, hay ya cerca de un millón de desplazados mientras la incertidumbre en Medio Oriente es ya la norma y los aliados de Estados Unidos se niegan a cooperar militarmente para escoltar a buques petroleros en el estrecho de Ormuz.
¿Por qué? pues porque Estados Unidos no los tomó en cuenta y los ha desdeñado.
Mientras todo eso sucede, la crisis en Cuba se vuelve dramática: un apagón masivo deja a once millones de personas sin energía eléctrica y todo esto como parte de una estrategia de Donald Trump de ahorcar a la isla -asfixiarla- para tratar de forzar negociaciones que lleven a algún lado (que no ha sido capaz todavía de explicar).
El resto del planeta tampoco está como para darnos ánimos, y solo queda preguntarse si el camino de aquí es cuesta abajo, un declive acelerado, o si esta decadencia obligará a una reflexión colectiva que permita enderezar el rumbo.
Pienso eso en un arrebato de optimismo, pero luego me acuerdo que hace exactamente seis años, cuando inició la pandemia, algunos ilusos creímos (y me incluyo) que esa crisis antes inimaginable podría ser un punto de quiebre. Y sí lo fue, solo que para mal.
La pandemia fue el fenómeno de salud pública más grave y extendido de tiempos modernos, afectando lo mismo lo físico que lo mental y lo anímico, poniendo a prueba tejidos sociales y familiares, obligando a explorar si los que considerábamos valores universales de generosidad y solidaridad eran realmente tan sólidos como se pensaba.
Tristemente, por cada acto heroico de personal de salud y voluntarios, vimos diez o cien de intentos de lucro, de especulación, de acaparamiento. Y, lo peor, es que esa mezquindad que afloró, que se quitó la máscara (o el cubrebocas) y nos mostró desnudos frente al espejo.
Tal vez me desvío, pero me temo que en el fondo algo quedó de esos malos tiempos que nos marcó como sociedad, como individuos y colectivos, como consumidores y propagadores de (des)información.
Los conflictos que hoy afectan al mundo no son únicos ni se dan por vez primera, pero el cinismo, la indiferencia y el descaro para replicar lo falso y aplaudir lo horrendo alcanza ya niveles inenarrables. La celebración del dolor ajeno, de la destrucción y la muerte, no es normal, es aberrante.
Pero ahí está la aberración para quien quiera verla, ahí la deshumanización, ahí la pérdida de valores que tanto ostentamos y tan poco honramos.
Nada es casualidad, nada es accidental, queridos lectores, queridas lectoras. Lo que alguna vez toleramos es lo que hoy nos vemos obligados a aceptar.
POR GABRIEL GUERRA CASTELLANOS
@GABRIELGUERRAC