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La película de Paolo Sorrentino es una invitación a ese acto que no debería ser exclusivo de la vejez: pensar y actuar en consecuencia
00:02 lunes 30 marzo, 2026
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La grazia no es una película sobre la eutanasia. Tampoco es una cinta sobre violencia de género. Ni una sobre las relaciones Iglesia Estado, los pasillos del Poder, la fidelidad conyugal, la amistad, la paternidad, el envejecimiento o la fe, aun si de todo eso trata. No lo es porque no es un panfleto, no tiene agenda, no pretende ganar una batalla política, porque de nada pretende convencer a nadie. La grazia tiene una sola modesta, discreta, trascendental ambición: sembrar la duda (ya sólo para luego animar a cultivarla). Estamos en el mundo de Paolo Sorrentino, donde el fútbol es más que fútbol y la dolce vita no es amarga sino nomás insípida, donde la violencia es banal, la corrupción tiene escala operística y el papa más conservador de la historia resulta ser un libertino que se parece a Jude Law. Es también el reino de Toni Servillo, su actor fetiche, tan versátil en su habitual imperturbabilidad que lo mismo puede ser un padre de familia clasemediera napolitano, un mundano papagallo sartorial romano o, aquí, el Señor Presidente de la República, adusto y taciturno, moral y pusilánime, demócrata y católico: un gran personaje –complejo, entrañable, irritante, edificante, torpísimo– para un gran actor, enclavado en un mundo contradictorio y disfuncional, redimible, sí, pero sólo por los (pocos) pelos.
El Señor Presidente vive el último semestre de su mandato y el último hurra de su madurez, perchado en el abismo del tercer acto de su existencia, atrapado entre una hija que no le permite comer, beber ni fumar, dos indultos penitenciarios que firmar, una iniciativa de legalización de la eutanasia que aprobar y una obsesión no omnímoda (pero casi) por la infidelidad cometida hace cuatro décadas por su difunta esposa (y, peor, por la identidad del beneficiario). A lo largo de más de 100 minutos, la película se regodea en sus cavilaciones, vacilaciones y dilaciones, en su irritante manera de eludir lo que lo confronta y obsesionarse por lo que lo lacera, pero también de entregarse a ese menos cinematográfico y más relevante de los actos humanos: pensar. En la última media hora recibe una información (acaso falsa; o, peor, una que, falsa o cierta, entraña una traición) y toma tres decisiones (dos sorprendentes y una más o menos previsible). ¿Es éste el final hollywoodense de un hombre que se ha reconciliado con los errores de su pasado y la incertidumbre de su futuro, y ahora hace síntesis de su espiritualidad cristiana y su republicanismo democrático? Por ventura no, sino algo mucho más hermoso: el retrato sereno y trémulo de una persona que se ha decidido –que no resignado– a vivir el último tramo de su vida haciéndose cargo de sus muchas, irresolubles dudas, abrazando su falibilidad.
Aquí y en China, La grazia debería figurar en la currícula escolar. POR NICOLÁS ALVARADO