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Sea como sea, algunas frases se me quedaron en la memoria tras aquella lectura juvenil
00:01 domingo 5 abril, 2026
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Leí “Los hermanos Karamazov” cuando era joven, lo cual fue muy bueno y también muy malo. Muy bueno porque cuando un muchacho de veinte años lee una novela como ésta sin dejarla a la mitad, quiere decir que en el futuro ningún libro, por voluminoso o difícil que sea, logrará espantarlo; y muy malo también, porque a esta edad uno no comprende obras filosóficamente tan complejas más que a medias.
Sea como sea, algunas frases se me quedaron en la memoria tras aquella lectura juvenil. Y justamente buscaba una de éstas la semana pasada para citarla en uno de mis artículos cuando, de pronto, al abrir el libro, me encontré con esta historia bellísima. ¿Cómo es que ni siquiera la recordaba? ¡No, no había leído “Los hermanos Karamazov” con la seriedad debida! La prueba estaba en esta historia olvidada. Hela aquí; la cuenta Grushenka a Aliosha Karamazov, y creo que también a Rakitin, un seminarista mediocre y grisáceo que está siempre al lado de aquél sin que uno sepa muy bien por qué razón. En fin, todo comienza cuando dice Grushenka:
-“Por mala que me consideres, yo también he intentado una obra buena, yo también he dado una cebolla. ¡Perdóname, Aliosha! –dice la mujer con risa nerviosa-. Permíteme referirte la leyenda que Matriona, la cocinera, me contaba cuando yo era niña…
“Érase una vez una mala mujer que murió sin dejar vestigio de una sola virtud. Se la llevaron los demonios y la echaron al lago de fuego. Su ángel de la guarda se devanaba los sesos para descubrir en ella una sola virtud que ofrecer ante Dios en su defensa. De pronto se acordó y dijo al Señor:
“-Una vez arrancó de su huerto una cebolla y se la dio a una mendiga.
“Dios le contestó al ángel:
“-Pues toma esa cebolla, busca a esa mujer en el lago de fuego y échasela para que se agarre de ella, y si de este modo consigues tirarla hasta la orilla, entrará en el paraíso; pero si se partiese la cebolla, se hundiría de nuevo entre las llamas.
“El ángel buscó a la mujer y le tendió la cebolla.
“-Toma –le dijo-: agárrate de ella e intenta subir.
“Y la mujer empezó a tirar de ella con precaución; ya estaba casi fuera del infierno cuando los demás pecadores, viendo cómo era sacada del lago en llamas, se asieron de sus ropas, queriendo aprovechar también éstos ese momento de buena suerte. Pero la mujer, que era muy mala, les daba fuertes puntapiés, y gritaba:
“-¡La cebolla es mía, no vuestra! ¡Es a mí a quien salvan y no a vosotros!
“Pero al pronunciar estas palabras se partió la cebolla y la mujer volvió a caer en el lago, donde arde todavía. El ángel se fue llorando”.
Y así acaba la historia. ¡Ah, es tan buena que no quiso Dostoievsky dejar de endilgársela al lector poniéndola en boca de cualquiera de los personajes de la novela, el que fuera, con tal de que no quedara sin contarse!
He aquí las conclusiones que se pueden sacar de ella:
1. Nos salvamos únicamente por lo que hemos dado. ¡Si esta mujer terrible hubiera regalado a la mendiga una cosa mucho más sólida, o quizá tres cebollas en vez de una sola, ahora estaría salvada! Pero, tristemente, no le dio más que una, y ésta ya casi podrida…De ahora en adelante, cuando dé alguna cosa, me preguntaré: “¿Es lo suficientemente sólida y fuerte para asirme de ella cuando mi ángel de la guarda, Dios no lo quiera, me tenga que sacar del lugar de castigo, es decir, del lago de fuego?…
Pero otras interpretaciones son también son válidas:
2. Pese a ser sólo una hortaliza, es decir, una cosa sumamente frágil cuando se tira de ella, la cebolla no se habría roto si la mujer no se hubiese puesto a patalear como lo hizo buscando quitarse de encima a los demás condenados. De haber aceptado llevárselos consigo, sacándolos del infierno, habría realizado, en el último momento, una obra buena, gracias a la cual se habría salvado con toda seguridad. Pero ya sabemos lo que esta envidiosa hizo y lo que sucedió después.
3. El valor de las pequeñas cosas es infinito. Si no se quedará sin recompensa un solo vaso de agua que hayamos dado con generosidad (Cf. Mateo 10,42) en nombre del Señor, ¿por qué va a quedarse sin premio una cebolla?
Pero, ultimadamente, ¿por qué hemos de sacar conclusiones si Grushenka no las sacó? Ella, una vez contada la historia, pasó a otra cosa, como diciendo: “Que cada uno saque de ella lo que más le convenga, lo que le inspire su conciencia; en fin, lo que quiera”.
¡Sí –me digo-, la mujer, con esos movimientos bruscos que hizo lo echó todo a perder! ¡Un gesto de solidaridad, uno solo, habría sido suficiente para escapar al castigo!
“He aquí que mi ángel me tira esta cebolla como un lazo. Agárrense de mí y tratemos de salir de aquí todos juntos, hermanos”. ¡Ah, con decir esto hubiera bastado! Y, no sé, tal vez el infierno hasta hubiera quedado vacío. ¡Lo que vale un gesto pequeño delante de Dios!
Pero no, nadie se salvará sin haber dado algo a alguien en esta vida, aunque este algo sea algo tan barato, tan pequeño e insignificante como una frágil cebolla…