Vínculo copiado
#ESNOTICIA
#ESNOTICIA
En la política mexicana cambiar de partido parece ser sencillo; lo difícil es sostener una convicción
00:10 viernes 13 marzo, 2026
Colaboradores
Hace poco leí una idea que describe bien el mapa político del país: El PRI no ha muerto ni morirá, solo cambia de color. En México la ideología política es, en el mejor de los casos, un accesorio. Y esto no se centra en una bancada en particular. Es un fenómeno que ocurre en todos y cada uno de los entes políticos: PAN, Movimiento Ciudadano, Morena, el Verde, el que me digan. Durante décadas, el coloquialmente conocido como chapulineo sucede como si de cambiarse de ropa se tratara. Incluso a los mexicanos les es más difícil cambiar de equipo de fútbol que a los políticos cambiar de partido. Y así existen los que se venden, los traidores, los que no ven por el futuro del país. Dicho esto con bastante sarcasmo, porque estoy citando las voces de los propios políticos que cada año buscan mantener con vida a sus partidos a costa del erario. La antesala de cada proceso electoral suele distinguirse por ello.
Tan solo en San Luis Potosí, en los últimos dos años, cinco alcaldes municipales se cambiaron de partido. Y mire, quizá sea algo que no nos afecte en primera instancia y por eso no capte demasiado nuestra atención, pero sucede que el poder, lejos de ennoblecer, muchas veces ciega, y los políticos no actúan por el ideal de su bancada. Actúan por interés. Nada nuevo bajo el sol. Los alcaldes a los que hago referencia llegaron al poder encabezando partidos distintos al Partido Verde Ecologista de México, que hoy gobierna la entidad. Con el paso del tiempo todos terminaron migrando hacia esa misma fuerza política. La pregunta es evidente. ¿Con qué fin? La respuesta también: la reelección de cara al 2027. Son sabedores de que el partido en el poder suele convertirse en el mejor aliado para darle continuidad a una carrera política. La maquinaria presupuestal, la estructura territorial y el respaldo popular suponen una ventaja más amplia que cualquier plataforma ideológica.
Incluso cuidan los tiempos con precisión. Realizan sus movimientos dentro del plazo de 18 meses que marca la ley. Y si el momento se les escapa, buscan las herramientas jurídicas o legislativas que les permitan mantenerse en la contienda. Ahí está el caso del alcalde de Vanegas, que no ha hecho el cambio directo de bancada, pero sí renunció a su cargo. Y es que si uno revisa el artículo 115 constitucional y la reforma electoral de 2014 encuentra un detalle interesante. Existe un margen de 90 días previos al proceso electoral que permite dejar el cargo y después sumarse a otra fuerza política para intentar conseguir el boleto dorado. La historia política del país se ha escrito así y lo sigue demostrando en todo el territorio nacional. El mejor ejemplo de ello son los antimorena, quienes recuerdan con frecuencia que la principal fuerza política de México está integrada por viejos conocidos del PRI. Al mismo tiempo aparecen nuevas organizaciones que prometen darle otra cara al país y que aseguran, con entusiasmo renovado, que ahora sí representan el cambio que México necesita. Solo en los últimos meses 89 personas registraron un partido político como si regalaran dinero nada más por existir.
Lo curioso aparece cuando uno revisa quiénes conforman esos movimientos. Surgen nombres que antes militaron en el PAN, en Morena, en el PT o en cualquier otro partido. O casos como el de 'Construyendo Sociedades de Paz', la tercera versión del Partido Encuentro Solidario y continuación de Encuentro Social que busca una vez más el registro y acceder a las arcas del poder. Todo vuelve al mismo punto. En la política mexicana la ideología importa menos que la posibilidad de llegar al poder, mantenerse en él y cumplir aquella frase que retrata con brutal honestidad al político nacional: "A mí no me den, a mí nomás pónganme donde hay". Por eso conviene mirar estos movimientos con algo más que resignación. Decir que todos son iguales y que todos roban puede sonar liberador, pero también nos deja fuera de la conversación pública. Y entender esos entramados, aunque a veces parezcan aburridos, permite ver con mayor claridad cómo funcionan realmente las alianzas políticas.
Un ejemplo reciente ocurrió esta misma semana en la Cámara de Diputados de México. La bancada de Morena impulsó una reforma electoral que necesitaba el respaldo de sus aliados. Pero el proyecto incluía dos asuntos particularmente sensibles para los partidos: reducir su financiamiento público y modificar la representación proporcional. Traducido al lenguaje cotidiano, significaba tocar el bolsillo y también el número de espacios que cada fuerza política puede conservar en el Congreso. El resultado fue casi irónico. Los aliados terminaron figurando en el pleno como una oposición inesperada. El Partido del Trabajo y el Partido Verde Ecologista de México frenaron una iniciativa del propio bloque gobernante. Una oposición que nadie pidió y que, de paso, dejó en evidencia a la oposición formal que presume ser contrapeso. Al final, todos defendieron lo mismo. Su propio margen de poder. Y quizá ahí esté el verdadero problema. No que los partidos cambien de color, sino que hace mucho dejaron de tener uno propio.