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Estamos presenciando una de las revoluciones tecnológicas más significativas de nuestra era
17:30 martes 21 abril, 2026
Tecnología
La Inteligencia Artificial Generativa (“IAG”) se ha consolidado como la tecnología más influyente del momento y, sin duda, estamos presenciando una de las revoluciones tecnológicas más significativas de nuestra era siendo comparable, e incluso superior en mi opinión, a la irrupción de internet.
No obstante, este entusiasmo generalizado ha propiciado un fenómeno que me gustaría denominar como “IAtificación”o tendencia de empresas y desarrolladores a incorporar soluciones basadas en IAG en prácticamente cualquier producto o servicio, aun cuando su presencia resulta cuestionable.
En plataformas de comercio electrónico como Amazon o Mercado Libre, la IAG permite resúmenes de opiniones de usuarios, lo que facilita evaluar con rapidez si un artículo resulta conveniente. Otro caso frecuente es el de asistentes automatizados que responden preguntas sobre un producto, y aunque buscan agilizar la comunicación, en ocasiones obstaculizan el contacto directo con el vendedor.
En una experiencia reciente, al intentar formular una pregunta sobre un artículo, que no tenía respuestas previas, el sistema insistió en resolverla por sí mismo y bloqueó temporalmente la opción de contactar al vendedor. Sólo después de múltiples intentos permitió enviar la consulta al vendedor.
Y es ahí donde surge la pregunta central: ¿realmente necesitamos que la inteligencia artificial esté presente en todos los ámbitos de nuestra vida? A juzgar por la dirección que ha tomado el mercado, la respuesta parece ser sí.
Según el 2025 AI Index Report, que elaboró el Stanford Institute for Human-Centered Artificial Intelligence de la Universidad de Stanford, en 2024 la inversión privada en inteligencia artificial alcanzó 109 mil millones de dólares en EU. En cuanto a la IAG, atrajo una inversión de 33.9 mil millones a nivel global. Las cifras lo evidencian: recursos económicos no le faltan para seguir su desarrollo.
No obstante, es importante cuestionar si esta inversión masiva no es precisamente lo que ha impulsado a las empresas a incorporar inteligencia artificial en todos sus productos y servicios. A pesar del entusiasmo, los ingresos generados directamente por productos relacionados con la IAG representan menos del 2% del total de lo invertido por parte de grandes compañías como OpenAI, Meta, Google, etc.
Esta disparidad pone de manifiesto una realidad preocupante: los altos costos de desarrollo, de investigación y operativos generan una señal de alerta, ya que los recursos económicos no son infinitos y las compañías no podrán justificar indefinidamente el desarrollo e integración de IAG sin ver rendimientos concretos.
Para algunos, esta situación recuerda inevitablemente a la burbuja del puntocom, caracterizada por una fiebre de inversión en empresas ligadas al universo digital, únicamente por portar el sufijo “.com”.
Surge entonces la duda razonable: ¿estamos frente a una burbuja similar en el ámbito de la inteligencia artificial? Si bien esta posibilidad existe, la realidad es que solo el tiempo podrá determinar si estamos ante el principio del fin de la fiebre por la IAG, o bien, el inicio de una transformación mucho más profunda y significativa.
La IAG, es un hecho, se ha adueñado de procesos tan diversos como nuestras compras en línea, gestión de correo electrónico, mensajes instantáneos, notificaciones e, incluso, consumo de contenido multimedia.
Un ejemplo de esta integración es la capacidad de la IAG para responder preguntas o generar resúmenes de videos directamente en plataformas como YouTube, facilitando el acceso rápido a la información relevante de los contenidos que visualizamos. Otro ejemplo es la reciente presentación por parte de OpenAI de un servicio denominado ChatGPT Health, que ofrece soluciones en el ámbito de la salud.
Un ejemplo claro de este fenómeno de IAtificación es la proliferación de productos que, sin justificación técnica, presumen estar “optimizados para IA”. Imaginemos (y no tanto porque sí ocurrió) la absurda noción de un protector de pantalla “optimizado para inteligencia artificial”.
Evidentemente, se trata de una estrategia de mercadotecnia sinsentido, pero ilustra perfectamente cómo el simple uso del término “IA” puede influir en quienes no están familiarizados con la tecnología, llevándolos a tomar decisiones basadas más en la percepción creada por la etiqueta que en la utilidad real del producto.
Vale la pena recordar que la incorporación irreflexiva de la IA en todos los ámbitos no solo puede resultar innecesaria, sino también deshumanizadora, al desplazar criterio, interacción y responsabilidad humanas en favor de sistemas automatizados.
La historia muestra que ninguna tecnología crece de manera ilimitada: todas terminan por estabilizarse y encontrar su lugar, como ocurrió con el Bitcoin tras la euforia inicial o con los códigos QR, que pasaron de ser una novedad omnipresente a una herramienta funcional.
La IAG no será la excepción. Solo su uso consciente y equilibrado permitirá que esta tecnología sea realmente útil, sostenible y, sobre todo, compatible con una vida centrada en las personas y no en los algoritmos.
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Con información de El Heraldo de México