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Así que habrá que esperar a que presenten el Plan X para ver quién lo aprueba
00:10 miércoles 25 marzo, 2026
Colaboradores
Empezamos con que el Plan A era muy importante, que era el necesario. El plan que le importaba a la presidenta, el que ella había aprobado. Se trataba de la reforma electoral que pondría a las elecciones venideras el sello del segundo piso de la cuarta transformación.
No podemos negar que Morena, en muy corto tiempo, se acostumbró a ganar arrolladoramente. No hay en sus parámetros la posibilidad de la derrota. Si el triunfo de López Obrador los colocó en una situación de poder desmedido, la aplanadora de Sheinbaum los llevó al delirio del poder absoluto. Hicieron su transa al adjudicarse las mayorías con un tribunal electoral que no ha encontrado límite en su abyección, y entonces sí se dispusieron, como dijera aquel tristemente célebre priista, a disfrutar de “la plenitud del pinche poder”.
Por supuesto a varios de los integrantes del morenato se les olvidó que no llegaron solos, que lo que habían logrado iba de la mano con el Partido Verde y el PT. Pero bueno, se entiende que en la efervescencia del triunfo nada cuenta más que el resultado. Panistas y priistas podrían disponerse a desaparecer, habían sido castigados por el pueblo y los habían mandado al basurero. Lo primero fue mandar a hacer reformas que verdaderamente cambiarán el régimen, que le dieran el golpe final a las elites del pasado y a la pesadilla neoliberal. Había que cambiar radicalmente al Poder Judicial y para eso se usaría la mayoría. Claro, el Verde y el PT seguían con el Movimiento: si eso querían la presidenta, eso tendría. Y votaron y le dieron su nuevo sistema judicial con la tranquilidad de que quien pagará caro los costos del desastre será el partido de ella.
Envalentonados con el resultado y con el extravío opositor, la nueva clase gobernante decidió ir por más, por una reforma en materia electoral que le diera un cambio a la situación actual y que lo cambiara de tal manera que sus propios aliados -Verde y PT- salieran perjudicados con esa votación. Con la soberbia de quien cree que todo lo puede, presentaron una iniciativa en voz de uno de los sujetos más insoportables de la política nacional: Pablo Gómez. Este sujeto, con la prepotencia que lo caracteriza, anunció un proyecto al que, básicamente, no se le podría quitar ni agregar nada. Por supuesto esto cayó como bomba en los legisladores de Morena, pero también en los petistas y los verdes que rápidamente manifestaron su irritación no solo por los modos del señor Gómez sino también porque prácticamente los invitaban a darse un balazo en la cabeza, a suicidarse con la aprobación de la mentada reforma.
El escándalo creció. Los partidos aliados no se dejaron. La presidenta se enojó y sacó encuestas para decir que la gente quería la reforma que ella proponía, amenazó a los aliados con el castigo del pueblo por no apoyarla. Total, que la reforma no pasó. Los aliados ganaron, la presidenta perdió. Y perdió porque su propia gente la metió en esa trampa. Entonces se les ocurrió decir que había un Plan B y que, en realidad, era el más importante, que de hecho era mejor que el Plan A, incluso se podría decir que era el verdadero Plan A, pero disfrazado de B.
Este sí lo aprobarían los aliados, pensaron en Morena, pues se quitaron las cosas que mayormente preocupaban a sus aliados. Pero resulta que no, que no están de acuerdo tampoco con el B porque el plan insiste en que la presidenta aparezca en la boleta el día de las elecciones y algunas otras movidas. El PT se niega y el Verde parece que no junta a todos los que se necesitan. Un desastre de operación política por parte del gobierno. Eso es evidente.
Así que habrá que esperar a que presenten el Plan X para ver quién lo aprueba porque, a como van las cosas, para el Plan J no contarán ni con los votos de Morena.
POR JUAN IGNACIO ZAVALA