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En 2026, la combinación de una guerra de Irán sin resolver, altos precios de la energía, una economía inestable y un presidente impopular debería...
00:01 jueves 21 mayo, 2026
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Cuando la Suprema Corte de Justicia estadounidense se pronunció recientemente contra la redistribución de distritos electorales por motivos raciales, que permitió incrementar la presencia de grupos minoritarios en el congreso, varios estados sureños con fuerte presencia republicana propusieron la creación de nuevas demarcaciones congresionales más favorables a su propio partido.
Es una decisión que en el papel luce correcta. Evitar preferencias que distorsionen la representación de la sociedad. Pero en la práctica, en un país donde el racismo no ha desaparecido y de hecho ahora levanta la cabeza otra vez, luce por lo pronto como una nueva fórmula para propiciar un control derechista del aparato político del país.
Que probablemente sea solo temporal, es plausible. El crecimiento demográfico estadounidense indica que los grupos minoritarios combinados serán la mayoría de la población para el año 2050, o dicho de otra forma, que los blancos serán la minoría más grande.
Pero eso solo subraya los esfuerzos del gobierno del presidente Donald Trump, aliado con grupos de derecha, por hacer todo lo posible para proteger su ventaja política, y muy en especial retener el control del Congreso en las elecciones legislativas de noviembre.
De acuerdo con las encuestas, la aprobación del mandatario está por debajo del 40 por ciento y la tendencia actual es a la baja, si bien mantiene la fidelidad del núcleo de sus votantes.
Pero ese bloque puede no ser suficiente para retener mayorías en el Congreso, aunque los nuevos distritos favorecen en varios estados lo que se cree es votación favorable a los republicanos.
De acuerdo con analistas políticos, el presidente Trump trata de manipular el sistema para garantizar mayorías republicanas. Nada nuevo bajo el sol: el juego de arreglar distritos para propiciar determinados resultados, es casi tan viejo como la república y los demócratas también lo han aprovechado, o tratado de hacerlo.
De hecho, podría decirse que el fallo de la Suprema Corte limitó a los demócratas, toda vez que el fallo en cuestión detuvo una "redistritación" de ese tipo en Virginia, un estado demócrata.
Pero ciertamente no detuvo, por ejemplo, una reformulación de demarcaciones en Texas, un estado republicano, donde la reformulación afecta a latinos y afroestadounidenses.
En otras palabras, si bien la creación de distritos que aseguraban la representación de minorías étnicas era ciertamente una forma de ayuda, el deshacerlos para evitar la "discriminación" contra los blancos parece un retroceso a eras que se creía terminadas con las luchas por los derechos civiles después de la Segunda Guerra Mundial y hasta los años 70.
En 2026, la combinación de una guerra de Irán sin resolver, altos precios de la energía, una economía inestable y un presidente impopular debería generar una alta participación de votantes descontentos con el partido del presidente. Eso sería lo tradicional y podría traducirse en una "marea demócrata".
Pero hoy la pregunta para 2026 es si Trump podrá usar la lealtad de sus seguidores y su dominio de las normas y procedimientos legales para evitar que eso suceda, y si los votantes aceptarían un resultado como justo si este no refleja su enfado.
POR JOSÉ CARREÑO FIGUERAS
COLABORADOR
@CARRENOJOSE