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Los silencios que también golpean
02:32 viernes 3 abril, 2026
Colaboradores
Mientras San Luis Potosí se llena de procesiones, oración, incienso y discursos sobre la paz interior, hay otra ruta menos visible que también se recorre en esta ciudad: la de mujeres que necesitan salir de su casa de inmediato porque quedarse puede ser más peligroso que huir. Y ahí es donde el contraste pega. Por un lado, en Semana Santa se habla de reflexión, prudencia y familia; por el otro, la realidad recuerda que para muchas mujeres el hogar sigue siendo el sitio menos seguro. No deja de ser incómodo que en los días en que más se invoca la compasión, también quede más expuesta la fragilidad de la red que debería protegerlas. Que existan refugios y casas de paso, por supuesto, es importante. Pero que su capacidad sea limitada no es un dato administrativo, es una señal política, social y moral. Porque cuando un sistema apenas alcanza para contener la emergencia, en realidad está admitiendo que llega tarde. Y cuando la respuesta depende de si hay espacio, tiempo o canalización disponible, la violencia no se combate de raíz, apenas se administra. Lo más duro de todo es que seguimos organizando la salida de las víctimas con más claridad que la contención de los agresores. A ellas se les busca dónde esconderlas; a ellos, demasiadas veces, apenas se les sigue la pista. Y ahí está el punto que rara vez se quiere decir con todas sus letras: la violencia institucional contra las mujeres no siempre se expresa en una negativa abierta o en una omisión escandalosa. A veces opera de forma más silenciosa, más limpia, más burocrática. Se perpetúa cuando la atención es insuficiente, cuando la prevención no alcanza, cuando el seguimiento llega a medias y cuando la protección sigue dependiendo de la resistencia individual de quien ya viene rota por dentro. No hace falta cerrar una puerta de golpe para fallarle a una mujer; basta con no abrir suficientes. Por eso también vale la pena preguntarnos qué significa realmente “reflexionar” en una ciudad, estado y país donde tantas mujeres siguen necesitando rutas de escape. Si la conversación pública en estas fechas gira en torno a la fe, la empatía y el cuidado del prójimo, entonces quizá la prueba más seria no está en el templo ni en la tradición, sino en lo que estamos dispuestos a exigir como sociedad para que ninguna mujer tenga que salir corriendo con sus hijos porque el sistema no llegó antes que el miedo. Porque sí, la caridad ayuda; pero la justicia protege más. Y tal vez ahí está la reflexión más incómoda de todas: una sociedad no se mide por cuántas velas enciende, sino por cuántas violencias deja de tolerar. Mientras no se amplíe la capacidad institucional, no se fortalezca la atención y no se persiga con más firmeza a los agresores, seguimos maquillando con discursos de paz una realidad que sigue siendo profundamente desigual. Y ningún acto de recogimiento, por solemne que sea, debería servir para hacernos voltear la mirada e ignorar los grandes pendientes que tenemos con las mujeres.
¡Hasta mañana!