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La educación vial no es un trámite ni una sugerencia
00:10 miércoles 18 marzo, 2026
Colaboradores
Hay tragedias que duelen más allá de los datos. La muerte de dos menores tras un accidente en motocicleta en la colonia San Lorenzo no es solo una nota roja, refleja también un golpe seco a la conciencia colectiva. Con el paso de los días, como suele ocurrir, han comenzado a circular versiones. Un video —tan crudo como revelador— muestra lo que las palabras apenas alcanzan a describir: una motocicleta desplazándose a una velocidad desproporcionada en una avenida que no está diseñada para ello. No es una vía rápida. Es un entorno de casas, comercios, peatones. Vida cotidiana. También han surgido señalamientos. Padres de familia han responsabilizado a elementos de la Guardia Civil Estatal, bajo el argumento de una persecución. Sin embargo, incluso en esa versión, no puede ignorarse que los agentes marcaron el alto y los jóvenes decidieron no detenerse. Ahí está el punto clave en donde comenzamos a cuestionar el actuar de los implicados y en donde el debate suele dividir a la opinión pública. Porque más allá de responsabilidades institucionales —que deberán investigarse con rigor— hay preguntas válidas y que son necesarias: ¿qué hacían menores de edad conduciendo una motocicleta? ¿Por qué circulaban a exceso de velocidad en una zona urbana? ¿Por qué viajaban más pasajeros de los permitidos en un vehículo diseñado, en el mejor de los casos, para dos personas? No se trata de repartir culpas desde la frialdad. Se trata de asumir que la educación vial no es un trámite ni una sugerencia, sino una responsabilidad compartida. De padres, sí. Pero también de autoridades, de conductores, de peatones. De todos. Las redes sociales han reaccionado con rapidez, como siempre, con juicios, indignación y señalamientos. Algunos apuntan directamente a las familias. Otros, al actuar policial. Pero el problema es más amplio y, sobre todo, más profundo: hemos normalizado la imprudencia. No son solo menores en motocicleta. Diariamente vemos adultos sin casco, conductores que exceden límites, vehículos que ignoran señales, peatones que cruzan sin precaución. Es una cadena de omisiones que, tarde o temprano, cobra factura. Y a veces, la factura es irreversible. Hoy, dos vidas jóvenes se han perdido. Y aunque ninguna reflexión alcanza para aliviar ese dolor, sí debería bastar para preguntarnos si vamos a esperar otra tragedia para entender que las reglas no están de adorno. Porque en las calles, la diferencia entre llegar y no hacerlo, muchas veces, se llama responsabilidad.