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Movilidad: un problema de todos
00:10 lunes 16 marzo, 2026
Colaboradores
El desorden vial rara vez aparece de un momento a otro. Se va formando poco a poco, con pequeñas decisiones cotidianas que terminan por convertir un espacio público en un punto de conflicto permanente. Quien haya pasado por la Alameda en horas de mayor afluencia sabe que no hace falta mucho para que el tránsito se complique: basta con algunos taxis en doble fila, vehículos intentando avanzar por donde pueden y peatones buscando el momento exacto para cruzar entre el tráfico. La situación ha vuelto a colocarse sobre la mesa luego de que autoridades municipales señalaran que buscarán dialogar con representantes del gremio de taxistas para atender el problema de los vehículos que se estacionan en doble fila en esa zona. La intención, según se ha explicado, es encontrar alternativas que permitan a los trabajadores del volante esperar pasaje sin afectar la circulación, pero sin flexibilizar el cumplimiento del reglamento. Es evidente que el problema existe y que afecta la movilidad en uno de los puntos más transitados del primer cuadro de la ciudad. Sin embargo, reducir la discusión únicamente al comportamiento de los taxistas podría dejar fuera una parte importante del problema. En la misma zona también comienza a ser frecuente observar camiones urbanos que, aun teniendo espacios designados para su parada, terminan deteniéndose directamente en estaciones de MetroRed. Esto genera un efecto dominó: congestión en las estaciones, usuarios que deben cruzar la avenida con prisa para alcanzar el camión y, en consecuencia, un riesgo innecesario en medio del flujo vehicular. Y lo cierto es que la escena no es exclusiva de la Alameda. Basta con acercarse a algunos hospitales del sistema público para encontrar una situación similar, pero a la inversa. En clínicas del Instituto Mexicano del Seguro Social o del Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado, los espacios destinados para taxis suelen estar ocupados por vehículos particulares que buscan estacionarse lo más cerca posible de la entrada. El resultado es el mismo: caos, incomodidad para los usuarios y un sistema que deja de funcionar como fue diseñado.
En todos estos casos aparece una pregunta inevitable: ¿la raíz del problema está solamente en la conducta de un grupo específico —como los taxistas que fueron reubicados en el primer cuadro— o estamos frente a algo más profundo? Tal vez lo que se observa en estos puntos de la ciudad es el reflejo de una cultura vial todavía débil, en la que cada actor intenta resolver su propia necesidad inmediata, incluso si eso implica alterar el orden que debería beneficiar a todos. San Luis Potosí ha crecido de manera visible en los últimos años. La ciudad atrae inversión, amplía su infraestructura y se consolida como un punto relevante en el mapa económico del país. Sin embargo, el desarrollo urbano no se mide únicamente en obras o en nuevos proyectos. También se refleja en la forma en que los ciudadanos se relacionan con los espacios públicos y con las reglas que los organizan. La movilidad, al final, es una especie de acuerdo colectivo. Funciona cuando cada pieza —autoridades, transporte público, conductores particulares y peatones— respeta el lugar que le corresponde. Cuando ese acuerdo se rompe, el caos no tarda en aparecer, ya sea en la Alameda, frente a un hospital o en cualquier avenida de la ciudad. Quizá por eso el debate no debería centrarse únicamente en quién ocupa hoy un espacio indebido. Más bien tendría que abrir una reflexión más amplia sobre la educación vial y la cultura de respeto que una ciudad en crecimiento necesita consolidar. Porque el desarrollo urbano no solo se construye con inversiones y proyectos; también con hábitos cotidianos que, aunque parezcan pequeños, terminan definiendo la manera en que convivimos en las calles.