Vínculo copiado
#ESNOTICIA
#ESNOTICIA
Homo ludens para el siglo XXI, a lo largo de cinco cintas Toy Story ha postulado una idea tan antigua y urgente: importa no el juguete sino el juego
00:10 jueves 25 junio, 2026
Colaboradores
Cada que escucho a alguien flagelarse por “perder el tiempo” ante una pantalla, me embarga la ajenidad. No porque no pase yo tiempo ante ellas sino porque les dedico buena parte de mi vigilia.
Si bien no he logrado aún vivir de lo que escribo, me gano la vida leyendo: más de un libro a la semana –a veces dos o tres; depende de lo que requiera el trabajo– y todos los días dos o tres periódicos o revistas en tres idiomas, casi todo en pantalla por razones que van de la accesibilidad –en segundos dispongo de materiales que antes me tomaba semanas consultar– al uso racional del espacio –he dejado de vivir bajo amenaza de que el papel termine por expulsarnos de casa– a la procuración de armonía conyugal –gracias a los dispositivos, puedo leer en la cama hasta tarde sin que la lámpara del buró despierte a Eunice.
Más allá, publico en redes sociales –es parte de mi chamba– pero sobre todo las consulto, en el caso de Instagram varias veces al día y –confieso sin pudor– con entusiasmo e interés. Que otros se acusen de doomscrolling; yo consumo ahí contenido relevante sobre asuntos que van de la política a la sastrería, del márketing al arte y de la gastronomía a la filosofía (más algunos videos de perritos y gatitos, no lo niego), útil para atisbar lo que transcurre en el mundo de manera sucinta y eficaz, con oportunidad de profundizar si así lo deseo.
Más importante, Instagram me ayuda a cultivar verdaderas amistades, y no hablo sólo de las que he construido ahí sino de la forma en que compartir contenidos en esa plataforma no sólo contribuye a mi cotidianidad con amigos de larga data sino que alimenta nuestra posibilidad de intercambio: un post o un reel son a menudo punto de partida de discusiones largas e incluso ricas que en ocasiones pueden transcurrir de manera íntegra en pantalla. Las celebro.
Me ha movido a esta reflexión la quinta entrega de la serie Toy Story –ahora en cines–, reflexión particularmente lúcida sobre la era digital. Cuando Bonnie, de 8 años, recibe su primera tableta, olvida sus juguetes e incurre en relaciones virtuales vacías y a la postre dolorosas por humillantes. La idea central de la película, sin embargo, desafía el lugar común: el problema con las malas amigas de la protagonista no es su uso de pantallas sino su incapacidad para hacer de ellas vehículos de socialización, factores de comunidad.
Homo ludens para el siglo XXI, a lo largo de cinco cintas Toy Story ha postulado una idea tan antigua como urgente: importa no el juguete sino el juego; la pantalla puede ser vehículo de enajenación hoy tanto como la muñeca o el cochecito corrieron el riesgo de devenir objetos de ornato ayer. Cobran vida con nuestro interés, con nuestra curiosidad, con nuestra voluntad de abrirnos al otro. Con nuestra capacidad, pues, para jugar.
POR NICOLÁS ALVARADO
COLABORADOR
IG y Threads: @nicolasalvaradolector