Vínculo copiado
#ESNOTICIA
#ESNOTICIA
En muchos casos, estos grises aposentos de la humanidad son la cuña que forja el destino de nuestros congéneres
00:10 miércoles 7 octubre, 2026
Colaboradores
Esbozar qué entendemos por “civilización”, sobra decir, es una tarea compleja de abordar. Esta faena se complica más si buscamos calibrar esta enredada concepción con la polisémica definición de “modernidad”. Pero una forma de apreciar la luces y sombras que bordean a la “civilización” y su calificativo de “moderno”, es observar cómo se erigen las “ciudades”: indicador barométrico para vislumbrar la atmósfera ética de nuestra civilización contemporánea.
En muchos casos, estos grises aposentos de la humanidad son la cuña que forja el destino de nuestros congéneres. Los espacios urbanos son los recovecos que moldean nuestra alma. Nuestros sentidos se ven introyectados por cómo se planea una ciudad. El destino de sus habitantes es, en mayor o menor medida, hilado por la sinfónica o cacofónica rítmica de su planeación urbanística.
Una ciudad no sólo son calles, callejones, jardines, edificios y viviendas. Es el espacio vital en donde se congregan las historias de las personas que delimitan los destinos de una nación. La ciudad debe ser planeada no sólo con el cálculo político del triunfo electoral, la frialdad crematística o la negligencia expansionista. La ciudad debe ser la congregación posible entre pasado, presente y futuro. Una atemporal amalgama que otorgue a sus habitantes escenarios para desenvolverse libre, tranquila y plácidamente.
Durante muchos años, uno de los espacios públicos que aquilataban el valor urbano, histórico o intelectual de una ciudad eran sus bibliotecas. Las bibliotecas son la expresión corpórea de que acceder al conocimiento es equitativo y democrático. No sólo son templos fríos del saber humano, son también refugios comunitarios y seguros.
Las bibliotecas son de las pocas instituciones en donde se puede entrar, permanecer y enriquecerse sin erogar dinero. Son el mejor ejemplo del bienestar colectivo e individual en una sociedad, aún para las que se jactan de civilizadas y modernas.
Este estándar de modernidad civilizatoria quizás germinó con las “Bibliotecas Carnegie” que florecieron entre 1883 a 1929. Gracias a la generosa donación de gran parte de la fortuna del empresario Andrew Carnegie se construyeron más de 2 mil 500 bibliotecas públicas. Aunque la mayoría se erigieron en los Estados Unidos y Reino Unido, estas bibliotecas impusieron el estándar de comprenderlas como iconos y oasis urbanos libres y gratuitos de los saberes mundiales.
Todos podemos asimilar a las bibliotecas también como un caminar glorioso entre estantes. Que placentera excursión es deambular en los pasillos entre los estantes. Que el libro te encuentre mientras visitas su hogar, es una forma de expresar la “felicidad”. La popularización de esta “estantería abierta” fue en gran medida por las bibliotecas Carnegie. Antes las bibliotecas eran fundamentalmente estantes cerrados y sujetos al capricho del bibliotecario. Hoy aún existe la magia de poder deambular y encontrarse con el libro ensoñado. Hoy las bibliotecas siguen siendo el espacio en donde uno se encuentra y lo encuentran.
Con la llegada del internet y la “hipermodernización”, algunas voces, algunos pensares, han colocado a las bibliotecas como templos vetustos de los saberes humanos: replican que las estanterías analógicas difícilmente compiten con las digitales. Soslayan el papel fundamental que tienen en la democratización y socialización del conocimiento y el bienestar humano. Se olvidan que las civilizaciones se construyen también biblioteca por biblioteca.
Apostarles a las bibliotecas es aún apostar al futuro de nuestra sociedad. Si el espíritu de las Bibliotecas Carnegie revitalizó la bibliotecología mundial, el nuevo estándar de oro está quizás en la Biblioteca central “Oodi” en la ciudad de Helsinki, Finlandia.
Inaugurada en 2018, es además de ser una exquisita y monumental obra arquitectónica, frente al Parlamento Finés, que en 17 mil 250 metros erige una de las estructuras más vistosas de la “Plaza de los Ciudadanos”; no sólo apuesta por un diseño innovador, sino que también es una pintoresca alegoría urbana: la biblioteca se erige como un símbolo tangible de que el conocimiento ciudadano es tan poderoso como la sapiencia legislativa.
El poder del pueblo tiene en su plaza su propio templo democrático: conocimiento para todos, gratuito, analógico, digital y público. Pero no solo es una magnífica “estantería pública”, es un renovado refugio social. Solo un tercio de su espacio está destinado a los libros físicos; el resto es una oda a la integración social y digital contemporánea: hay estudios de grabación, impresoras 3D, cortadoras láser, máquinas de coser, cocinas públicas, salas de videojuego, talleres, salas de coworking y para asambleas ciudadanas, y más servicios gratuitos que convierten a esta ermita en un nuevo renovado espacio de los saberes humanos.
En tiempos de reivindicación popular ojalá y se erijan en todas nuestras ciudades nuestros propios santuarios del saber nacional. En tiempos de polarización y crispación hay que crear dos, tres, muchas bibliotecas “Oodi” como consigna popular.
Por Juan Luis González Alcántara Carrancá