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Especialistas advierten señales y desafíos mayores para la seguridad y el desarrollo local
00:10 miércoles 10 junio, 2026
Colaboradores
Hay datos que parecen hablar de drogas, pero en realidad están hablando de gobernanza. Y el caso de San Luis Potosí es uno de ellos. La cifra que hoy coloca al estado como líder nacional en narcomenudeo no debería leerse únicamente como un indicador policial ni como una estadística más en un informe anual. Lo que está mostrando es algo mucho más profundo: la posible consolidación de mercados criminales que encuentran terreno fértil en las zonas urbanas, en las brechas sociales y en las debilidades institucionales que durante años fueron ignoradas.
La especialista Eunice Rendón ha sido clara al advertir que el narcomenudeo rara vez aparece solo. Detrás de cada punto de venta suelen existir redes de reclutamiento, control territorial, lavado de dinero, extorsión y economías ilícitas que se alimentan unas de otras. El problema no es únicamente quién vende una dosis en una esquina. El verdadero desafío es identificar quién controla esa esquina, quién obtiene ganancias de ella y quién permite que siga operando. Ahí es donde comienza la discusión seria sobre seguridad pública.
Lo preocupante es que la conversación pública suele llegar cuando los homicidios ya dominan los titulares. Sin embargo, los procesos criminales tienen etapas. Antes de las disputas armadas suelen aparecer señales tempranas: aumento en el consumo, expansión de mercados locales, presencia de jóvenes reclutados por grupos delictivos y ocupación gradual de espacios comunitarios. Lo que hoy observa San Luis Potosí podría representar justamente esa fase previa que muchos estados ignoraron hasta que el problema se volvió inmanejable.
La comparación con otras entidades debe entenderse con cautela. No porque San Luis Potosí registre más narcomenudeo significa automáticamente que enfrenta mayores niveles de violencia. Pero sí puede significar que ciertos mercados ilegales están creciendo mientras todavía existe margen para intervenir. Esa diferencia es crucial. Gobernar bien no consiste en reaccionar cuando la crisis explota, sino en actuar cuando las alertas apenas comienzan a encenderse.
¿Cuántos de los esfuerzos de seguridad siguen concentrados en la reacción y cuántos están realmente enfocados en la prevención? Porque la experiencia demuestra que llenar cárceles de consumidores o pequeños distribuidores rara vez modifica la estructura del negocio. La verdadera batalla está en la inteligencia financiera, en la recuperación de espacios públicos, en la prevención social y en la protección de adolescentes que hoy representan el principal objetivo de reclutamiento para las organizaciones criminales.
Desde una perspectiva económica, el tema tampoco es menor. La seguridad es un activo productivo. Ningún corredor industrial puede sostener su competitividad si las economías criminales comienzan a expandirse alrededor de las zonas de crecimiento urbano. El Bajío ha construido durante años una reputación basada en inversión, logística y manufactura. Permitir que los mercados ilícitos ganen terreno significa poner en riesgo uno de los principales motores de desarrollo de la región.
Por eso el dato debería preocupar mucho más de lo que algunos quieren admitir. No porque anuncie una crisis inevitable, sino porque ofrece una oportunidad que pocas veces existe: actuar antes de que la violencia se convierta en la noticia principal. La diferencia entre un estado que contiene el problema y otro que termina rebasado suele encontrarse justamente en ese momento. En la capacidad de escuchar las alertas cuando todavía son estadísticas y no cuando ya son sirenas en cada calle.